PEQUEÑAS DOSIS DE NATURALEZA, MEDICINA SIN EFECTOS SECUNDARIOS


Una dosis de naturaleza en ayunas sana el alma, y a veces también el cuerpo. Despertarse con el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia o de un arroyo que corre, nos predispone de otro modo.

Lo que nos ocurre con frecuencia es que, a pesar de alejarnos de la ciudad, seguimos cargando con el estrés y la prisa citadina, y repetimos esos patrones de conducta en medio del campo.

Como digo, mucha gente se tranquiliza y se sana en medio de la naturaleza. Otros, en cambio, se desesperan: les falta la distracción de la ciudad, las luces, el ruido, el frenesí cotidiano. Sin eso, sus vidas se vacían de inmediato. Y en lugar de valorar lo que podrían encontrar en la naturaleza, echan de menos la ciudad (de la cual, paradójicamente, han huido en busca de paz).

La naturaleza siempre representa un espejo en el cual mirarse. Un niño jamás se aburrirá en la naturaleza, y siempre encontrará qué hacer: meterse en el agua, jugar sobre un tronco, buscar insectos, treparse a los árboles… Los adultos, por el contrario, suelen aburrirse. Algunas personas corren en busca del mar. Pero al cabo de una hora de playa, se aburren; y de inmediato se apodera de ellos el deseo de retornar a la vida rutinaria, de la que acaban de escapar.

Habituados a las distracciones tecnológicas que caracterizan la vida actual, nos resulta difícil prescindir de ellas. Desconectarse de Internet por un tiempo parece imposible. Estar en un lugar donde no haya señal de telefonía celular es una tortura para muchas personas. Y qué decir del televisor, compañía perpetua en la mayoría de los hogares, que suele estar encendido aunque nadie repare en él.

Apreciar el valor terapéutico de la naturaleza no es fácil. De hecho, muchas personas acostumbradas a la comodidad y a la tecnología se enferman en contacto con la naturaleza: pierden energía, se desaniman, se deprimen, sufren la incomodidad, se aburren, se resfrían… Otros, en cambio, pueden pasar horas sentados sobre un tronco, contemplando un curso de agua y deleitándose con el canto de los pájaros.

¿De qué depende que la naturaleza nos sane o nos enferme? De nuestra capacidad para conectarnos con ella. Recordemos que los animales "saben" cuándo lloverá, hacia dónde deben migrar, cómo encontrar comida, etc. Y logran este conocimiento gracias a que pertenecen a la naturaleza, y están íntimamente conectados con ella, a diferencia de nosotros (que a pesar de nuestra inteligencia, ignoramos mucho de lo que ellos logran percibir a través de su instinto).

Somos seres biológicos. Pertenecemos a la naturaleza tanto como los animales. Parte de nuestras enfermedades es consecuencia de nuestra separación de la naturaleza, y de nuestro frenesí físico y mental, que nos vuelve ansiosos y nos impide estar en paz. La cura consiste en regresar a la Madre Tierra, tanto física como espiritualmente, hasta alcanzar una paz interior que le permita al cuerpo sanarse a sí mismo, de la misma manera en que se mantienen sanos los animales.

 

Jorge Guasp

Master en Gestión Ambiental, y Coach

Autor de los libros: ¿Dónde está mi Felicidad? y El Huemul



Fuente: PEQUEÑAS DOSIS DE NATURALEZA, MEDICINA SIN EFECTOS SECUNDARIOS.